MATILLA DE NUEVA EXTREMADURA

Tan solo a cuatro kilómetros de Pica, se levanta un pequeño pero asombroso poblado. Desde el principio del camino oeste que lleva a Matilla es posible apreciar las granjas de modestos agricultores que siguen la tradición heredada por siglos. Todo este vergel culmina en una imponente iglesia, en el centro de Matilla.

El poblado data de 1760 y fue una de los sitios utilizados para vivir por la aristocracia de la zona. Su tradición histórica nace en la producción de vinos durante el 1700 que fueron llevados a las principales ciudades del virreinato como Arequipa o Potosí.

Lo mejor de todo es que aún se conservan hitos representativos de ese pasado esplendoroso. Al llegar a su plaza principal, la iglesia de San Antonio sobresale con su estilo barroco mezclado con neoclásico y con el campanario que se separa del edificio principal por unos cuantos metros.

A pesar de ser destruida por uno de los tantos terremotos que azotaron la región, sus cimientos se mantienen y la actual edificación data de 1887, exceptuando el campanario que es el único sobreviviente desde la inauguración del templo en el año 1721. Si quieres visitar el interior de la iglesia, hay que cruzar la calle hacia la juguería “Hilda” y pedirle las llaves a su dueña.

La misma petición debe repetirse si quiere visitar el otro punto de interés del pequeño poblado: el Lagar. Con las llaves de la mano uno se aventura al antiguo mundo de las cavas hechas a la usanza española. Esta industria vitivinícola funcionó durante el siglo XVIII y aún mantiene los aparatos que la transformaron en uno de los principales productores del dulce licor.

Posteriormente es recomendable ir a la plazoleta al lado de la iglesia y sentarse a observar la paz campesina junto a unos árboles gigantescos y de una sombra realmente salvadora.

Pero no es momento de retirarse de Matilla, primero hay que probar sus afamados alfajores de mango o un juguito cítrico donde “Hilda”, pero lo que supera estos placeres gastronómicos es la visita al Gólgota.

Con el mismo nombre del cerro bíblico “Gólgota”, se levanta un santuario dedicado a Jesús. Encumbrado en una loma se abre una imponente zona de paz y verdor en donde unas encargadas lo llevan a una especie de museo recordatorio de la vida del hijo de Dios. Son las estaciones creadas hasta ahora por un privado de Iquique y que gratuitamente está abierta al público. Es conmovedor y extraño a la vez. Todo se corona con la habitación del Cristo Peregrino, figura que viajó por 20 años en caravana en pueblos de Perú, Chile y Argentina.

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